Miel amarga

Por Ana Garay

Portada Miel

Irene es una chica italiana de treinta y pocos, en el trabajo es conocida como Miele. Es de ese tipo de mujeres que de tan normal resulta muy diferente. De esas que cada vez salen menos por la tele o en el cine. No es una fashion victim, no es una femme fatale, no es una rubia cañón con pocas luces, ni una ejecutiva agresiva muy lista y muy bruja. No se pasa media vida sufriendo por los hombres, ni la otra media sufriendo por entrar en una 36. No hace dieta ni piensa que la necesite. No compra los estereotipos que venden las revistas. Irene nada todas las mañanas en el mar, lleva vaqueros, el pelo corto, se pinta los ojos de negro y es seria en general menos cuando saca a pasear sus paletos torcidos en una pícara sonrisa.

Miele

Irene tiene un Ipod, con muchas canciones. Miele utiliza el mismo Ipod, pero las canciones que hay en él son para sus clientes…Y no, no lleva you can leave your hat on, Miele no es stripper. Tampoco es estudiante, como piensan su padre y su amante. Mata a gente por encargo, pero es no asesina a sueldo.

Miele

Miele es la ópera prima como directora de la greco-italiana Valeria Golino, popular actriz que tras una vasta carrera ante las cámaras a ambos lados del charco, se dio un paseo de 180 grados para ponerse detrás. Presenta en este filme un tema en eterno debate como es el de la muerte asistida a enfermos terminales. Eutanasia, vaya. Sin posicionarse a un lado o a otro de la discusión, la Golino nos muestra una vida concreta que ayuda a terminar algunas otras de la manera más digna y natural posible. Con un poco de drama, pero sin tragedias griegas. Jasmine Trinca pone cara, voz y manos a quien ha de desempeñar tan insólita tarea: Miele. Ésta, por su parte, es la responsable de administrar la dosis precisa de Lamputal, un potente sedante para perros que compra en Méjico, a sus clientes. Pero tan importante como el Lamputal es elegir la canción perfecta para ese último  momento.

miele

Y así nos encontramos ante una banda sonora de muerte, literalmente. De Bach a Brassens, moderneces varias entre medias, tonadillas y canciones italianas, la música de este filme se convierte en un personaje más que cuenta una historia en un momento preciso. Se trata de un elemento intradiegético que habla por sí mismo, lejos de ser una figura expresiva que coloree escenas o ayude a completar momentos o a rellenar emociones. Todo sale del Ipod de Miele – a veces del de Irene-. Para decir adiós. Para ir en bici, en coche, procurar Lamputal o compartir un momento con il senior Grimaldi. El resto del tiempo se puede escuchar el mar, los aviones, murmullo de árboles. O las personas. Hablando, llorando, jadeando.

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