12 años de esclavitud

Escrito por Javier García

En 1841 Solomon Northup, un afroamericano nacido libre en Washington, fue secuestrado y vendido por unos esclavistas. En 1853 y después de su rescate, escribió el libro titulado “12 años de esclavitud” en el que se basa la nueva película de Steve McQueen.

Empezaré admitiendo que cuando entré en el cine ignoraba completamente la existencia del tal obra. Me senté en la sala sin saber realmente qué me iba a encontrar. Por supuesto esperaba que apareciera Michael Fassbender en algún momento, si bien no con un protagonista como en las anteriores cintas del director, sí con un personaje importante. Desde un prisonero en huelga de hambre, pasando por un adinerado adicto al sexo, hasta un propietario y torturador de esclavos enamorado de una negra. ¿Por qué siempre él, señor McQueen? Esta pregunta resultaría casi absurda. No importa lo que le pongas delante o que poco tenga que ver una cosa con la otra. Es hipnótica la manera en que el actor se compromete con el dolor del personaje, volando muy lejos del típico lugar común o de algo que ya hayamos visto en las pantallas. Cada nombre nuevo que toma es genuino, impresionante.

12 años de esclavitud

Intuía también la presencia de otras interpretaciones sorprendentes y así aparecieron Lupita Nyong’o, Paul Dano o Sarah Paulson entre otros para dejarme salibando. Chiwetel Ejiofor, el señor que encarna a nuestro protagonista, está sin duda brillante en lo que hace y hasta dónde lo hace, pero sufre quizá de un leve pero ya conocido efecto de anulación que les sucede a algunos protagonistas cuando se ven rodeados de otras máquinas de la interpretación. No hay que olvidar que un buen secundario siempre tiene más oportunidad de lucirse concentrando sus energías en unas pocas escenas luminosas que un buen principal.

Así, desde mi butaca, todo lo que se me venía encima era bueno, bonito e intuyo que no barato. La música, la foto, el arte, todo. Y ahí fui acompañando a este Solomon que recién había conocido a través de sus desventuras. Me emocionaba con él, me enfadaba, temblada, sentía su alivio cuando conseguía escapar de alguna desgracia… Pero llegó un momento (rozando el final de las dos horas y cuarto que se pasan volando) en el que me pregunté si esto iba a ser todo. Si el superobjetivo de la película era hacernos vivir todas y cada una de las desdichas que amargaron la existencia de este hombre durante doce años.

No quiero que se me malinterprete: necesitamos saber cómo era el mundo hace menos de dos siglos; necesitamos conocer que eso existió y que es parte de nuestra historia, y hacerlo a través del cine, donde podemos revivirlo como si estuviéramos ahí mismo, de testigos, es sin duda interesante. Sin embargo como espectador, y repito que ignoraba la existencia de tal libro inspirador, no podía evitar preguntarme: ¿no es el cine también una herramienta para contar algo más? Porque cuando acabe la película voy recordar lo malvado que ha sido el hombre blanco y lo que ha sufrido el hombre negro. Y voy a sentir compasión por este pobre señor que, de un día para otro, pasó de encontrarse en casa con su familia a recibir latigazos en una plantación de algodón. Y es terrible. Y menos mal que escribió ese libro para que el mundo fuera consciente de las barbaridades que se hacían. Pero… ¿y la película? ¿Nos hace más accesible toda esa información? Puede ser. Puede que no se haya filmado aún lo suficiente para que el mundo no se olvide. Pero me vienen a la cabeza todo el rato las películas españolas sobre la Guerra Civil. En efecto, ocurrió, ¿pero cuánto da de sí el tema narrativamente hablando?

12 años de esclavitud

Justo antes de los créditos finales descubrí lo que había empezado a sorpechar: Solomon Northup había existido y todo lo que McQueen nos había enseñado era una recopilación de las escenas que había descrito en su libro. Esto fue lo que en ese momento, para mí, consiguió justificar la cinta. De otra manera habría quedado en un mero cuadro de claroscuros en el que el demonio blanco recibe el contragolpe que merece. Que en el fondo eso es lo que es. Sólo que al saber que todo eso está basado en una realidad contada de primera mano, deja de parecernos gratuito.

Y entre tanto dilema, al final, lo que uno sí que sabe es que ha visto una buena película. Con un sabor fuerte y agresivo pero delicioso. Si Steve McQueen demostraba su talento con “Hunger” y su maestría con “Shame”, ahora se consolida con algo un poco más comercial, que no tiene nada que ver y que augura un futuro más que colorido y prometedor para su cine. Creo que estamos siendo testigos de cómo se va alzando uno de los grandes. Dan ganas de saber qué será lo próximo.

Valoración: notable

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