Coloreando un clásico

Escrito por Javier García

En 1953 Yasujirô Ozu hizo Cuentos de Tokio. Una película que se ha convertido en un clásico. Y no sólo del cine japonés. En 2012 fue elegida por directores de todo el mundo como la mejor película de la historia, la tercera según las votaciones de los críticos que recoge cada diez años el British Film Insitute.

Resulta cuanto menos arriesgado, frente a semejante panorama, plantearse hacer un remake nada menos que en el año 2013. El temerario director que se ha atrevido a llevar a cabo dicha hazaña es Yôji Yamada, que para celebrar que lleva cincuenta años en la industria cinematográfica se ha dado el homenaje de hacerle un homenaje a Ozu y lo ha titulado Una familia de Tokio. Y en verdad lo ha conseguido. El resultado, más que digno, es muy notable.

Una familia de Tokyo

Dos ancianos que viven en el campo viajan a Tokio para visitar a sus hijos. Allí descubrirán cómo han madurado estos y en qué se han convertido. Y lo harán en la gran ciudad, un mundo que parece que se les queda grande, que se les queda joven, o simplemente que les ha pasado de largo sin esperarles.

El argumento es el mismo. Los nombres de los personajes son los mismos. Y los conflictos, y los escenarios, incluso algunos diálogos. Pero no estamos frente al fenómeno Funny Games 1997 y Funny Games 2007. Tenemos dos películas que acaban resultando bastante diferentes. Por lo pronto “Una familia de Tokio” está rodada en color, contrastando con el cuidadoso blanco y negro de los cincuenta. Este color no sólo llena los planos si no que se mete también en los personajes, en los actores. Aparece un casting más definido. Unos rostros, unas interpretaciones, incluso unos vestuarios más característicos. Y no sólo están ahí si no que Yamada se encarga de sacarles todo el partido. El espectador agradece esto y continúa atento durante los 146 minutos que dura la cinta. Que son muchos. Quizá demasiados.

TOKYO FAMILY

Y este es tal vez el tropiezo: alargar un remake. El guión se desvía a ratos del original. Y menos mal porque después de todo Cuentos de Tokio es un producto de su época. Por supuesto sus temas son atemporales (si no habría dejado de ser una buena película hace tiempo) pero la manera de contarlos responde a una etapa concreta. El director de esta nueva entrega ha sabido escoger las variaciones en la historia y en los personajes con mucha astucia y poca pretensión. Uno sólo desearía que hubiera sabido hacerlo sin alargar el metraje.

A pesar de todo, la ves y no te pierdes detalle. De alguna manera la pieza no te suelta, aunque la sencillez del tema es apabullante y su cotidianeidad puede pasar por aburrida para según qué público. Pasados los días te sorprende el vivo recuerdo que queda de los lugares, los momentitos y los personajes. Y es un recuerdo agradable. Pues mira: chapó.

 Valoración: Notable bajo

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